
A los veinte y tantos estudiamos, trabajamos, estudiamos y trabajamos, vamos como mínimo un par de veces por semana al gimnasio, aprendemos idiomas, cenamos fuera de casa, entre semana, entre una y dos veces cada quince días y algunos intentan llevar una casa propia con lo que supone a veces convivir con los amigotes. Entre todo este overbouking de tareas que nos hace, a los ojos de los demás, chicos y chicas oficialmente capacitados y bien considerados sacamos tiempo para conocer a nueva gente que nos ayude a ocupar esos espacios en blanco de nuestro horario personal.
Pero llegados a este punto ¿qué es lo que ofrece el mercado? Como dice un amigo: ¡saldos y taras!
Sin ninguna pretensión de creer que nosotros somos muy especiales ¿cuántas veces hemos dado con el soltero/a de bronce? O con aquél o aquella que en todo caso recibe el premio a la más verdulera por sus gritos saludando de una punta a otra de la calle a una amiga que acaba de ver; o el que tiene el premio a la habilidad: por saber comer con los pies. A veces no tenemos tan mal día y únicamente conocemos al que le dieron un premio de consolación por contar un chiste bueno y pasamos el rato.
¿Es el soltero o la soltera un espécimen raro, o nosotros somos muy exigentes? O peor…inocentes por sorprendernos cuando la rareza del otro no sale a relucir des del primer momento. La pretensión de una compañía sin grandes rarezas nos convierte en unos grandes inocentes o estamos asistiendo a una gran involución del ser humano.
Si es así ¡CUIDADO!; porqué en nosotros también se esconderá una rareza grande, mediana o pequeña dispuesta a ser fiscalizada por la persona que tenemos delante.